De la veracidad como construcción de la verdad

(Un ensayo de cómo codificar lo que somos y nos llega)


José Guillermo Ánjel R. * colaborador de Sala de Prensa y director de la Facultad dememoanjel21 Comunicación Social de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia, y miembro del grupo de investigación en periodismo (Grinper) de la misma Facultad.

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De cuando en cuando un hombre tiene que dar un paso al frente y escupirle en la cara a la destrucción por su propio bien. Tiene que sacarse filo a sí mismo, como si estuviera poniendo el hacha contra la piedra de afilar.
William Faulkner. Banderas sobre el polvo.

Introducción

Konrad Lorenz, el premio Nóbel de medicina 1973, en su conferencia radial sobre Los ocho pecados mortales de la humanidad civilizada, donde habla de los males que nos agotan y de los que somos concientes pero no admitimos porque admitirlos llevaría a la obligación de entendernos con el otro, establece dos términos de mucha importancia para lo que hoy debatimos en torno a la información: el confinamiento intensivo y el yo no me involucro. El primero obedece a que vivimos en espacios y tiempos más estrechos, tanto físicos como mentales, en colmenas que se multiplican geométricamente, y el segundo a que cada vez nos alejamos más de esto que sucede a nuestro alrededor (huimos, como en el caso de los paranoicos), agotando así nuestra capacidad de entender la realidad (la presencia del otro) y dando paso a fabulaciones desmesuradas. Esto indica que el sujeto, este ser que existe y se manifiesta porque se relaciona, pierde humanidad (contacto con la especie) y al perderla se convierte en sistema cerrado y ya no participa de la vida ni la historia sino de un deseo que lo hace perder conciencia de lo que sucede (sus conceptos son neuróticamente propios y por ello cargados de ignorancia) y lo sitúa en un espacio donde no es espectador ni intérprete sino testigo sin capacidad de respuesta, algo así como una pared o una piedra. Ya Elías Canetti hablaba de estos testigos oidores, pero ahora no los entendemos como Canetti los entendía, testigos que oyen para enfrentar lo que saben y hacer de ello una tercera opción, sino como seres-cosas que escuchan para no admitir lo que pasa, porque la realidad la enfrentan con el deseo, primando éste sobre lo que oyen, y así logran hacer una interpretación unívoca y no dialógica de esto que sucede. Quizás todo se deba a este narcisismo causado por el confinamiento intensivo, donde se pierde la noción del vecino y el concepto de lejanía, o sea el de la ciudad y la historia. Y donde se admiten datos pero no hay respuestas sino, como en el béisbol, batazos a la pelota que llega.

La veracidad

verdad_libertadLa verdad es una búsqueda que no concluye porque cada tiempo aporta nuevos datos e interpretaciones a lo que sabemos y, en lugar de reducir las dudas, las amplia. De esta manera ese planeta Marte que para los científicos de los años 80 estaba muerto, hoy parece estar vivo. Es que antes se lo miraba por un telescopio y en este momento hay un robot allí tomando muestras y trabajando alfanuméricamente, o sea, dándole valor al mayor número de opciones coincidentes. De esta manera, conocer es avanzar y el último léxico, esta forma de nombrar y definir el mundo que hoy tenemos, no es el fin de la verdad sino la conclusión de un efecto que, al ser aplicado, nos conduce necesariamente a otro y así se convierte en un inicio y no en un fin. Siempre estamos en el intermedio, como dice Shlomó ibn Gabirol en La fuente de la vida, sin saber cuál es la primera causa y sin determinar el último efecto, fluyendo simplemente. Así, si llegáramos a la verdad, nos detendríamos por siempre y, como los animales que pastan, nos adaptaríamos a lo que hay y quedaríamos ya presos de la evolución. Pero el hombre es un ser que elige, es el único animal que lo hace, y por eso cuestiona y rompe los patrones de la evolución con decisiones, a veces buenas en otras malas (esto ya lo dejaríamos en la teoría de Hobbes, donde el hombre es una especie de máquina y D-s alguien que se desentiende de lo que pasa), que le permiten ver más o al menos, como en el libro de El cándido de Volatire, admitir que este es el mejor mundo posible, pero no como un destino sino como la posibilidad de una rebelión contra el predestinismo. No en vano el cinismo es una manera de admitir una verdad burlándola. Hugh Thomas lo plantea claramente en la Historia inacabada del mundo y Fernando Savater en El valor de elegir. No estamos condenados a ser, a pesar de que persistimos en ello como anota Spinoza, sino a descubrir. Así, la búsqueda de la verdad es la que nos hace libres. Y si bien en esa búsqueda nos sentimos seguros e inseguros, lo cierto es que avanzamos porque en el acierto y en el error hay certidumbre. Y en esta búsqueda de lo cierto, lo importante es la veracidad.

En el Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora se dice que la verdad se distingue de la veracidad en que “la primera tiene que ver con la realidad misma de la cosa, o la correspondencia de la cosa con el intelecto o del enunciado con aquello de que se habla etc., la segunda es una especie de correspondencia de lo que se dice con quien lo dice. Por eso mientras lo contrario de la verdad, o de los diversos tipos de verdad, es el error, lo contrario de la veracidad es la mentira el engaño”. Esta definición me gusta porque me recuerda a Jacques Derridá cuando, al referirse a la verdad política, que no debería ser verdad sino veracidad, determina que la ignorancia sobre lo que se habla o el tener pocos datos o negar parte de éstos para hablar conducen necesariamente a mentir y engañar, sea de mala fe (como es el caso del que esconde información) o falta de conocimientos, como sucede con el ignorante. Y este es el punto que quiero tratar: la veracidad es un acercamiento a la verdad o al menos un poco de claridad en la confusión.

La novela Banderas sobre el polvo, de la que tomo el epígrafe, siempre me ha vllamado la atención. Esa fue la primera novela de William Faulkner, que no fue publicada en un principio (de hecho se publicó después de muerto Faulkner) sino transformada por los editores en otra que lleva el nombre de Sartoris. Y que si bien le dio fama al escritor, éste siempre se opuso a que fuera algo completamente suyo. Allí no estaba su veracidad sino una “verdad” construida por otros, desligada de sus percepciones y del mundo inmenso que había construido a su alrededor. Por eso tenía tantas historias en una sola (coroneles, pueblos recién fundados, guerras en vano, demencias, en fin, todo lo que después se vio en Cien años de soledad y en tantas crías literarias nuestras). Pero lo interesante no es que haya sido una primera novela compuesta por un todo delirante a los ojos de los editores sino el tema que se plantea en ella: la sordera, este defecto que aísla y, en ese aislamiento, construye el horror, la ignorancia acerca de lo que hay afuera y el delirio que nos creamos en la mentira.

Hoy sabemos que nos mienten los medios y que a los medios les mienten las fuentes y muchos de quienes trabajan en ellos. Descubrir una mentira es fácil: nunca está completa. A la mentira le faltan datos, es incoherente, cuenta con una historia triste, es una idea incompleta (inadecuada diría Spinoza) y al serlo genera dolor, burla y retraso. Pero la culpa no es de los medios, así como el sofá no es culpable del adulterio, sino de quienes buscamos verdades sin ser veraces, es decir, de los que miran sin comprometerse con lo que miran. Y lo que es peor, de los que se niegan lo que ven y entonces lo acomodan a lo que sienten. Se diría que no hay pertinencia entre el sujeto y el objeto o hecho noticiable. Veamos un ejemplo: la guerra de Irak. Allí se ha cubierto el conflicto de manera parcial, negando algunos datos y magnificando otros. De allí se nos habla de la violencia de los terroristas, pero no de la violencia de los invasores; se nos dan datos de un dictador obnubilado por el poder y la demencia, pero no de su símil a este lado del mar. Se habla de la destrucción y la muerte causada por las bombas, pero no de lo que implica esa destrucción urbana para las grandes inmobiliarias y la muerte de esos soldados, que son expuestos, para legitimar acciones con nuevas armas y aparatos de seguridad. La guerra de Irak, por falta de veracidad, no se ha leído como la construcción de un miedo que políticamente se legitima y así se justifican acciones terribles contra ese monstruo construido, lo que detiene voces de protesta, cuestionamientos y búsqueda de causas y efectos. Una desmesura en la batalla por la apropiación de sector económico (como es el caso de Bush-Osama bin Laden que no quieren ya participar juntos del negocio de los sico-farmacos) se considera una lucha contra el terrorismo cuando en verdad esta palabra es sólo un resorte para activar eliminación de enemigos políticos y económicos. Como digo, no hay veracidad sino una verdad confusa (que se trata de armar con censuras y auto-censuras) a la que le faltan partes y por ello es engañosa. Lo anterior desde el punto de vista político que nunca es veraz porque se fundamenta en un enemigo al que hay que deformar. Es la vieja táctica de los romanos, que anunciaban siempre que irían a luchar contra monstruos. Si ganaban, eran grandes héroes; si no, gentes muy valientes.

Pero hay otro ejemplo, que no tiene que ver con la guerra sino con la frivolidad: Glenda Jackson (famoso apellido de esclavos libertos), deja uno de sus senos al aire frente a noventa millones de espectadores, entre asistentes al concierto y espectadores, que se escandalizan (eso dicen los medios, mejor, quienes escriben en ellos) frente a la visión de lo más común que tiene una mujer y que es una de sus diferencias con el macho. Y uno ve ese seno al aire, que por la silicona parece más la cabeza de una ojiva nuclear, que es feo porque es artificial y debido a la penumbra creada por las luces más parece de plástico que de carne, y se pregunta: ¿dónde está lo escandaloso? En las plazas de mercado he visto a mujeres que dan de mamar a sus hijos, en los bares a mujeres sin camisa que tratan de ganar algo para comer, en documentales de guerra a mujeres que corren con los pechos al aire arrastrando una maleta, en el cuadro de De la Croix a la libertad con un seno al aire y una bandera de Francia en la mano que dirige los revolucionarios hacia el triunfo etc. Lo escandaloso está en el que da la noticia, que ha sido usado por el promotor de la cantante para promocionarla a punta de free-press (gratis) y así darle una ventaja competitiva sobre Madonna y otras que, para destacarse serán capaces hasta de sacarse el hígado para lanzarlo sobre la multitud delirante, siempre y cuando el emisor que da la noticia crea que el hígado es algo tan raro como un extraterrestre o tan emocionante como la llegada del Mesías. La fuente se vale de la ignorancia de quien informa, de su falta de veracidad. Y el que informa, creyendo que el acontecimiento es noticiable, cae en la trampa de lo que él mismo es: un impertinente. O sea, alguien que esta frente a un hecho que no comprende bien, que no ata con otros hechos y así da por nuevo lo que es bastante común y que más que una noticia es algo que se propicia para una buena burla. Pero, como la veracidad es la conexión de lo que se narra con el narrador, es lo que se emula (algo así como funcionan las neuronas), la mentira propia se presenta como una verdad que va al colectivo, en este caso a los perceptores, y lo que sería la veracidad se pierde para dan cabida a la ignorancia y la falta de análisis propicio y pertinente. Y con esto cuentan las fuentes: falta de conocimiento, poca capacidad para el pensamiento complejo, aridez en la comprensión sistémica y más propensión al espectáculo que análisis del acontecimiento real.

El caos se cría en la ignorancia y en la falta de admiración. En términos de Konrad Lorenz, en la carencia de comunicación con las razones de los demás y con esto que nos rodea (objetos, arquitectura, urbanismo) con la historia que nos toca y la lejana y con aquello que está demostrado como bueno o al menos como factible y ya permite crear a partir de ello. Si ignoramos acerca de lo que pasa, si admitimos el acontecimiento como algo que ha nacido espontáneamente, si no admitimos el complejo que forma sino que vemos de manera aislada, todo lo que digamos estará carente de veracidad y, por lo tanto de profesionalismo y de ética. Y digo de profesionalismo porque el periodista, antes que un informador, debe ser un analista que tenga criterios y esté en capacidad de crear un sistema con aquello que informa. Y su forma de pensar no debe hacer parte de ese confinamiento intensivo donde se justifica el no involucrarse sino de la calle, la literatura, las artes, los debates, el comercio y todo aquello que constituye el espacio público donde, como decía Hölderlin, los otros son de mi especie y por ello sujetos de tolerancia y reconocimiento.

En alguna ocasión, Fernando Savater dijo que los periodistas modernos antes que informadores eran meros actores que se apoderaban de un hecho para pasar por héroes. Así, por ejemplo, no importaba la tragedia sino que el periodista estuviera en ella informando o que firmara el artículo describiendo los hechos como un robot, sin cuestionarse. Y no podría decirle a Savater que está equivocado, porque eso es lo que vemos, héroes de dos minutos o de cien centímetros publicados que se remiten a lugares comunes, a repetir lo que la fuente dijo y no a confrontar esa información para sacar de ella la justa medida. Se dirá entonces que para hacer esto, en un oficio donde la premura es la constante, hace falta tiempo. Pero no creo esto porque, el periodista profesional se prepara desde ahora, cuando es estudiante, para ejercer su oficio. Imagínense ustedes a un cirujano que al momento de operar a un paciente comenzara a improvisar, aduciendo que no hay tiempo de estudiar mientras opera. Con esto queda claro que nos preparamos antes y después comenzamos a trabajar. Y como los viejos del periodismo y los del nuevo periodismo, seguimos estudiando en los intervalos. Robert Kaplan, por ejemplo, decía que mientras cubría la guerra de los Balcanes y la de Ruanda leía autores clásicos como Polibio y Julio César para saber si esa guerra que cubría era realmente nueva o simplemente una continuidad en el tiempo, una repetición de hechos y personajes que se diferenciaban de los viejos en los uniformes y la electrónica que llevaban encima. Lo mismo hacía Arturo Pérez Reverte, que a más de estudiar acerca de lo que iba a cubrir también leía noveles de aventuras y tratados de psicología para no cae en las trampas de las fuentes. Y lo mismo hizo Tom Wolf, el padre del nuevo periodismo, cuando enfrentó la sociedad neoyorkina y las oficinas de Wall Street. Fue a cubrir los hechos sabiendo de economía y sociología. Tenía claro que no sería un idiota útil, frase que a veces se nos olvida pero que no olvidan nunca los que quieres tergiversar la dirección de los hechos. Y, como sostiene Kapuscinski, incluso hay que ser subjetivo en ciertos espacios, pero no porque me asusto sino porque conecto lo que informo con otros hechos actuales y de la historia, que a fin de cuentas cuenta lo que sucedió y por eso no se puede evadir.

La certidumbre es muy difícil de establecer, pero no así la veracidad. En hebreo existe una palabra, hasbará, que traduce información, pero no como el hecho de comunicar al desgaire sino como in-formación, o sea informar estando dentro de la formación de los hechos, en eso que los causó y así estar en el interior a fin de evitar malos entendidos o propagación de intereses de terceros, afectando finalmente a la opinión que exige una información veraz y completa y no un show propagandístico o una serie de actitudes neuróticas, nacidas de la represión que, como teorizó Sigmund Freud, es pulsión de destruir lo que se desea y no se puede alcanzar. Hay noticias que al transmitirse más parecen la sublimación de una frustración intensa.

La veracidad, tomando a José Ortega y Gasset, nace de la conexión entre el hecho, las circunstancias (historia, conocimientos, relaciones) y quien lo narra. O sea que compromete a quien la propone porque, como anotaba Leibniz, la veracidad es una verdad moral, algo que construye y permite el debate y la opinión clara de la mayoría. O sea, que está comprometida con la existencia y la voluntad de decir la verdad. Con la existencia porque hace parte de lo que pasa y con la voluntad porque esta propone, en una persona que no esté desequilibrada, hacer lo mejor posible a fin de lograr un bien mayor y, en el caso de la información, una certidumbre. Y esas circunstancias de las que habla Ortega, cuando son comprendidas y estimulan el análisis, son la que crean al espectador, ese que ve, entiende y se hace a una opinión de la que no duda y esto lo estimula a la acción moral, que es la que busca el colectivo para erradicar la desconfianza.

La construcción de la veracidad

79935707_dc332cb653A pesar de que cuando nacemos ya tenemos un sistema neuronal eficiente, no nacemos con ideas innatas como lo propusieron los filósofos empiristas ingleses, excepción de John Locke, que entendió que para el conocimiento es necesaria la experiencia y la confrontación de ideas. O sea que la primera idea que tenemos del mundo no es la que nosotros construimos sino la que se construye alrededor nuestro. Esto es lo que Carlos Gustavo Jung denominó el inconciente colectivo, que además de palabras y hechos está constituido también por símbolos con los que nos familiarizamos cuando somos niños y que luego, si tenemos la suerte de educarnos, podemos entender no ya desde la emotividad sino desde la razón, que hoy no es una premisa universal y absoluta sino un tejido conformado por distintos conocimientos y la síntesis de verdades encontradas y cuyo mayor valor es la tolerancia, o sea el entendimiento de las razones del otro, de su historia y su cultura.

Anteriormente, la verdad, antes que ser la verdad era una herramienta terrible que usaba el poder para someter a quienes no comulgaban con él. Todavía hoy quedan algunos residuos de esas formas primitivas de sometimiento que antes que ser rechazadas de tajo, lo que sería intolerancia, deben ser entendidas como algo que conduce al error porque producen dolor y una clara estructura que se desmorona. Hoy en día, la verdad es un camino y la veracidad el hecho que lo construye. Pero, ¿cómo se construye la veracidad?

Albert Camus, el premio Nóbel argelino, decía que el periodismo era el oficio más hermoso del mundo porque permitía expresar el mundo y hacerse preguntas fundamentales. Camus, que antes de cumplir los veinte años escribió El derecho y el revés, un texto de crónicas sobre las gentes y los lugares de Orán que le permitieron saber porqué era norteafricano y qué significaba esto en un mundo cosmopolita donde leía en francés, conversaba con la madre en español y hablaba árabe en la calle. Y de esas primeras conclusiones fue tejiendo su teoría sobre la condición humana, nacida de saber, interpretar y proponer. Primero saber, para no confundir la piedra con el diamante, lo negativo con lo positivo y la vida con la muerte. Luego interpretar, hacer el balance, equilibrar y entender que lo que sucede también toca conmigo y no soy un mero testigo asombrado, sordo y mudo. Y al final hacer la propuesta humana, eso que nos hace. Creo que Albert Camus es un buen ejemplo de veracidad porque antes de ver el afuera se vio desde adentro haciendo un balance de lo que tenía para comprender lo que verían sus ojos. Y así interpretó la vida en Orán y luego la vida del mundo, teniendo en cuenta que primero era humano y luego un dador de noticias.

Hay un tango que me gusta mucho y se llama Don Agustín Bardi, lo interpreta Daniel Barenboim y no le sé la letra. Y este tango me gusta porque me remite a Buenos Aires y misteriosamente a la plaza San Martín, donde está el Cavanagh, el primer rascacielos de la ciudad, la torre de los ingleses, el final de la calle Florida y un barcito en un sótano atendido por una mujer de la que me enamoré por una hora. Con esto quiero probar que un solo estímulo lleva a muchas cosas conocidas que al momento de hacer periodismo permiten conexiones maravillosas con la vida, con la belleza y con lo atroz, con el orden y el desorden. Y al recordar a Don Agustín Bardi, también he recordado a Guy Talese, ese maravilloso periodista norteamericano que al no poder entrevistar a Frank Sinatra lo siguió para narrarlo desde los recorridos por la calle, los amigos, los bares y los teatros donde cantaba. Y, de igual manera, Talese narró la ciudad de New York desde los gatos y los obreros de la construcción, desde los barcos que iban por el Hudson y los letreros luminosos de la noche. De Talese no sé qué canciones oía, sólo sé que tenía una biblioteca que se había leído tres veces acotando cada libro.

La veracidad es un principio de honestidad con uno mismo, un saber que se necesita saber más cada día y que saber implica ser más humano. Por eso me gusta la entrevista que le hizo Truman Capote a Marylin Monroe y que aparece en Música para camaleones. En esa entrevista, Capote es un hombre más de los que se sientan en las bancas de los parques para conversar con quien se haga a su lado, en ese caso Marylin que está vencida y ya propicia para el suicidio. Y en esa conversación antes que la tragedia aparece la belleza, la gratitud, la seguridad que en ese momento se está evitando algo que deshonre más a la mujer. Esa entrevista me gusta porque presenta a una Marylin que, a pesar de su destrozo moral y su muerte premeditada, todavía se aferra a la vida y busca una oportunidad.

Ser veraz, entonces, es cosa de dignidad y de estarse haciendo preguntas a las que hay que encontrarle las respuestas. Por esto la investigación, el estudio y el estar en contacto con otros y no en confinamiento intensivo y ajenos al mundo que nos rodea. Hay que involucrarse, dejarse asombrar (y alegrar, como sostiene Baruj Spinoza) por lo que sabemos y estamos en capacidad de entender. Hoy sabemos que la inteligencia es la capacidad que tiene el hombre de resolver problemas complejos, es decir, en conexión con muchas cosas. Y esa inteligencia interconectada es la que nos permite la veracidad y la posibilidad de crear un poco más de verdad.

El problema de la verdad en el periodismo no son los medios, somos nosotros y los límites que nos imponemos para no ser veraces. Y esto es una contradicción, porque a más veracidad más mundo. Diría entonces que el problema no es la herramienta que usamos sino el poco mundo que tenemos y con el que nos conformamos y que podemos ampliar si queremos. La veracidad es el estado de conciencia (de conocimiento) que me da seguridad en la interpretación del acontecimiento. Y si bien no es la verdad, es la señal que me dice por dónde va.

Concluyo con una pequeña historia:

El hombre llamado Esteban, al subir las escaleras, notó que su sombra burlaba extrañamente la luz amarillenta que iluminaba el ambiente y que provenía de una pequeña bombilla que permanecía dentro de una caja enrejada en la que abundaba el polvo y donde se veían algunas moscas muertas. La sombra subía las escaleras más rápido que él, como si llevara una gran prisa. El hombre miró hacia atrás para ver qué podría producir el fenómeno, pero sólo vio las escaleras que había subido y un espacio al fondo que iba del amarillo al verde y finalmente se volvía oscuro. Le pareció que salía de una boca y que él era una lengua que se estiraba. Pero esto no lo inquietó tanto como que su sombra se moviera con ese afán misterioso, prisa que él no tenía sino que por el contrario subía cada escalón tan lento como le era posible. Le dolían las rodillas y algo le molestaba el pecho, como si una hebra de hilo se le hubiera enredado entre los bronquios. Afuera llovía y el cielo estaba oscuro.

Cuando llegó a la puerta 402, el hombre llamado Esteban se detuvo y descansó. Había subido ochenta escalones de un edificio viejo y estaba agitado. Y mientras estuvo allí al frente de la puerta, tratando de respirar mejor y esperando a que el dolor que sentía en las rodillas se calmara un poco, su sombra desapareció. Supuso que se debía a que estaba bajo una bombilla. Pero no era así. La bombilla estaba a su espalda y esto obligaba a que su cuerpo diera sombra, pero fue como si la luz en lugar de atravesar al hombre llamado Esteban estuviera cruzando una bolsa de aire. Pensó que era algún efecto producido por la contaminación y sacudió la cabeza mientras buscaba la llave en el bolsillo de la chaqueta. Cuando abrió la puerta y encendió la lámpara de la habitación, su sombra lo esperaba al lado de una ventana. La miró con recelo y un poco de temor. Y como todavía tenía las llaves en la mano, se las tiró. La sombra no se movió. Decidió entonces ir hasta ella y cuando estuvo cerca, la sombra se movió y se colocó al otro lado de la ventana. Al hombre le pareció que era un limpiador de vidrios.

-No jugarás conmigo -dijo el hombre llamado Esteban. Le temblaron los dedos cuando abrió la ventana. Una ráfaga de lluvia fría entró en la habitación y el hombre vio como su sombra bajaba por la pared del edificio de enfrente y al fin se posó en la calle como si fuera un recorte de papel negro.

El hombre llamado Esteban bajó de nuevo hasta la calle. En su mano derecha llevaba un paraguas amplio y negro. En la izquierda un bate de béisbol.

-Te aplastaré como a un piojo -dijo el hombre. Caminaba con dificultad en esa lluvia y su cuerpo, bajo la luz de neón, cobraba tintes en diversos azules. Y cada vez que se acercaba a la sombra, ésta cambiaba de sitio. Al fin, luego de seguirla a un lado y otro de la calle y quizás por azar, logró darle a la sombra con el bate. La actividad, el frío y el agua que no paraba de caer y de correr a sus pies le crecieron el dolor en las rodillas y la congestión en el pecho.

-Ahora me prepararé un té -dijo el hombre llamado Esteban. Y entró en el edificio y comenzó a subir los ochenta escalones. En el tercer piso, una vecina, envuelta en un albornoz y con la cabeza cubierta por una redecilla, le salió al paso.

-Lo vi todo, lo felicito -le dijo.

-Gracias -murmuró el hombre llamado Esteban. A su lado, la sombra permanecía quieta y humillada.

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~ por Comunicadores de Magallanes en enero 20, 2009.

Una respuesta to “De la veracidad como construcción de la verdad”

  1. El confinamiento intensivo y el yo no me involucro.

    “El primero obedece a que vivimos en espacios y tiempos más estrechos, tanto físicos como mentales, en colmenas que se multiplican geométricamente, y el segundo a que cada vez nos alejamos más de esto que sucede a nuestro alrededor (huimos, como en el caso de los paranoicos), agotamos así nuestra capacidad de entender la realidad (la presencia del otro) y damos paso a fabulaciones desmesuradas. Esto indica que el sujeto, este ser que existe y se manifiesta porque se relaciona, pierde humanidad (contacto con la especie) y al perderla se convierte en sistema cerrado y ya no participa de la vida ni la historia sino de un deseo que lo hace perder conciencia de lo que sucede (sus conceptos son neuróticamente propios y por ello cargados de ignorancia) y lo sitúa en un espacio donde no es espectador ni intérprete sino testigo sin capacidad de respuesta, algo así como una pared o una piedra”.

    Concuerdo que a partir del confinamiento del que habla Konrad Lorenz se desarrollan estos “conceptos neuróticamente propios”, producto principalmente de la poca sociabilidad que es el lugar donde las “cosas suceden”, pero que dichos conceptos estén cargados de ignorancia dependerá en gran medida del grado de solides intelectual del individuo. Estos conceptos podrán ser inoportunos, podrán no ser funcionales en términos de algunos objetivos sociales determinados (por ejemplo los de una organización), pero no necesariamente carecen de legitimidad intelectual. Desde una mirada con base en la estructura de poder, muchos de ellos serán del todo inconvenientes. Desde una perspectiva más libre y existencial, como la artística por ejemplo, estos conceptos pueden estimular el proceso creativo personal, la llamada “válvula de escape”, a riesgo evidentemente de la salud ambiental y social del artista.

    Porque el hombre, como bien lo expresa el articulo, es un ser que elige, esta prácticamente condenado a elegir, luego cuestiona e infiere nuevos caminos, con decisiones, a veces acertadas y en otras circunstancias desacertadas a sus propósitos ,son estos últimos los que tienen una característica ético-valorica, más que las decisiones en sí. (El destacado es mío)

    Un muy acertado ejemplo a mi gusto es el que se refiere a Albert Camus, con el balance propio del que observa, para hacerse un juicio. Las playas de Argel son las de una ciudad al sol, con olores reconocibles, que no tiene nada de especial pero que puede atarte de por vida a su rutina. Orán es una ciudad que le debe mucho a Camus y sus crónicas de viaje. Donde la lectura parece introducir el deseo ferviente por visitarla. Como seguramente le sucede a los franceses con un Francisco Coloane por ejemplo.

    Bueno el ensayo. Tiene muchos elementos el los que uno se podría detener.

    Jorge

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