Un mundo sin periodistas

http://los3chiflados.blogspot.com/

por Marcos Novaro(el agente de CIPOL)
Un mundo sin periodistas. Así se titulaba el libro que Verbitsky publicó hace más de una década cuando combatía contra los atropellos menemistas contra su gremio. No podía prever entonces que semejante título iba a caer como anillo al dedo para quien ahora es la luz de sus ojos, una presidenta obsesionada con terminar con las mediaciones entre su voz y la opinión pública. El kirchnerismo suele decir que su problema son las empresas, y en particular las “monopólicas”, y no los periodistas. Pero hay suficiente evidencia como para dudar de esa distinción. El único pulpo mediático que molesta a los Kirchner es uno que no esté dispuesto a forzar a sus empleados a vender una imagen benéfica del matrimonio, a cambio de favores comerciales, lo que significa en los hechos desde 2007, perder audiencia y credibilidad, es decir su propia razón de ser a largo plazo, para llenarse transitoriamente los bolsillos. Algo que cada vez más ha dejado de ser una ecuación tentadora para los empresarios de medios, y por añadidura para los periodistas.

¿Cuál es, en este marco, el significado y la repercusión esperable del proyecto oficial de radiodifusión? Para considerarlo, advirtamos ante todo que el mismo tiene dos objetivos fundamentales, polarizar el campo político entre “innovadores” y “conservadores”, izquierda y derecha, y avanzar en el control gubernamental de los medios. De lo que se desprende una primera recomendación a seguir: conviene evitar las visiones simplistas, despolarizar el debate, no dramatizar las cosas ni emblocar a santos y réprobos, y medir desapasionadamente las consecuencias esperables en relación a lo que realmente importa, la libertad de prensa.

A este respecto, no caben dudas de que se trata de un mal proyecto: abre la puerta para el control de los contenidos al fijar límites a lo que cada empresa puede emitir como producción propia, producción nacional y producción extranjera y cosas por el estilo que no se intentaban desde tiempos de la dictadura; fuerza a muchos grupos empresarios a desprenderse de parte de sus licencias y licencias en un plazo perentorio, es decir, a malvender; la revisión de licencias fijada cada dos años alienta la desinversión y pone a todos los actores a merced de decisiones administrativas; fija tercios de participación extremadamente rígidos y que, sobre todo en el tercio de las “ongs” y los sindicatos (considerados absurdamente como equivalentes a universidades), se presta para todo tipo de manipulaciones, a favorecer a testaferros, a generar una fuerte desventaja entre los partidos, a los que se prohibe manejar medios en forma directa; crea instancias reguladoras de lo más imprecisas como las audiencias públicas, los “criterios de idoneidad” necesarios para acceder a licencias o las “localizaciones” con las que se determinará la superposición de frecuencias; mete en el paquete la televisión por cable de lo que derivará en un descomunal daño a los actores locales a favor de las señales extranjeras; facilita el ingreso de las telefónicas en contra de la pretendida meta de desconcentrar los medios. Es posible que algunos de estos problemas se reparen en el curso de una negociación, que se prevé de todos modos tan acelerada que es muy difícil imaginar que vaya a ser suficientemente pluralista y representativa.

Ante todo esto, la oposición se debate entre adoptar una actitud de principio, quitarle completamente legitimidad al trámite de la ley y prepararse para derogarla dentro de unos meses o en el peor de los casos, un par de años, o forzar una ruptura del bloque oficialista planteando propuestas alternativas y una discusión artículo por artículo. La primera actitud equivaldría a hacer lo que es habitual en Venezuela: la oposición niega legitimidad a todo lo que hace el régimen y éste la ignora, el sistema político queda así bloqueado hasta que una crisis general del gobierno lo destrabe. La segunda corre el riesgo de terminar igual que en el entrevero del diálogo, o peor aún, de la discusión de las facultades delegadas: el oficialismo cede muy poco a sus aliados que la van de opositores ambiguos (el SI y cía), y se sale con la suya. Podría concluirse que, puestos ante la inevitabilidad de una derrota, conviene al menos deslegitimarle la victoria al gobierno. Puede ser. Pero en cualquier caso conviene no derivar de ello que la Argentina en que vivimos, en transición hacia un nuevo gobierno, puede replicar los problemas del chavismo.

Ante todo, porque cabe dudar de las conclusiones que se suele extraer de la enumeración de objeciones que merece el proyecto oficial: que de su aplicación resultará la destrucción del reino de la libertad de prensa que existiría en el país, y un avance amenazante del control oficial sobre la opinión. Esto es por lo menos exagerado. En primer lugar, porque los Kirchner no son Chávez (ni Perón), ni Mariotto es Apold: no porque no quieran, sino porque les falta mucho para poder imaginar siquiera adquirir un control sobre la opinión como la de esos a quienes emulan. Recordemos que no lograron bloquear el sistema político, como en esos otros casos, sino consumir buena parte de su capital político cuando polarizaron en el conflicto del campo y en las recientes elecciones. Aun en el caso de que logren hacer aprobar la ley, y luego superar, en el escaso tiempo que les queda, la infinidad de barreras judiciales que los afectados razonablemente interpondrán, lo que resulte de ello puede distar y mucho de lo que ellos sueñan: ampliar el sistema de medios adictos de que ya disponen (Canal 7, radio nacional, Página 12, el grupo Spolky y demás) de muy poco puede servirles en su actual estado de aislamiento. Si ya les sirvió de muy poco cuando tenían logros que mostrar, popularidad y credibilidad, pensar que les va a servir ahora que carecen de todo ello es dar por el pito más de lo que el pito vale.

Además, conviene no sobrevalorar el sistema de medios que eventualmente resultaría afectado, y que dudosamente pueda ser descrito como el reino de la libertad de expresión. No sólo en el caso de Clarín, cuyo debilitamiento como grupo económico incluso puede que lo estimule a mejorar como empresa periodística y cultural, terrenos en que sus falencias se fueron agravando a medida que progresaba su suerte como inversor. Algo similar podría suceder en ciudades del interior, muchas de ellas sometidas actualmente a monopolios mediáticos estrechamente vinculados con la política local: puede ser que surjan en torno suyo actores más dependientes del gobierno nacional, vía lealtades ideológicas, recursos, o testaferros, o todas esas cosas a la vez; pero al menos esa competencia sería mejor que nada. Por otro lado, es difícil imaginar que una red así creada vaya a poder sobrevivir al declive indetenible del poder kirchnerista, y puede preverse que algunas de las criaturas pergeñadas por éste no tardarán en abandonarlo, si realmente pretenden seducir a la audiencia: el pluralismo no es una meta sincera de los K, pero involuntariamente podría terminar resultando de su afán por dañar a los poderes que no se le someten

Anuncios

~ por Comunicadores de Magallanes en agosto 31, 2009.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: